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Capítulo 4 – Un largo camino

(El presente. Verano de aquel mismo año)


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Después de aquello, Samuel acabó por ceder a la opinión de su esposa y a la de su madre y aceptando el trabajo, de modo que llamó al tal Simón para conocer los detalles y tratar de llegar a un acuerdo con él. Este se mostró bastante dispuesto a aceptar las condiciones de Samuel a cambio de limitarse a un simple acuerdo verbal, pues, tal y como Antonio le había advertido, Simón no quería hacer nada oficial.

Poco tiempo después, llegaron al correo las llaves de la casa que ocuparían, un mapa trazado a bolígrafo con la ruta para llegar al pueblo donde trabajarían y algunos otros papeles de utilidad. Es así como por fin supieron el nombre del lugar en el que vivirían y que hasta aquel momento Simón no había querido desvelar. El pueblo se llamaba San Cipriano del Valle y estaba tan perdido en el corazón de la montaña que era imposible saber si caía del lado leonés o gallego.

A Samuel le gustaron tan poco las «buenas» nuevas que estuvo quejándose durante toda la semana, hasta que su mujer lo amenazó con irse a dormir al sofá si no paraba de lamentarse de una vez por todas.

Después de aquello comenzaron por fin los preparativos para el traslado. Tuvieron tiempo de sobra para organizarse, de forma que cuando los niños acabaron las clases ya tenían todo listo. Sin embargo, antes de iniciar el viaje, volvieron a reunirse con las dos familias en dos grandes encuentros. Hablaron, rieron, comieron y bebieron hasta hartarse. Fueron a la vez momentos muy felices y tristes, de los que todos guardaron un buen recuerdo pese a que algunos no pudieron contener las lágrimas, pues intuían que podría pasar mucho tiempo hasta que se vieran de nuevo.

Luego, ya no hubo más demoras y no tardaron en lanzarse a la carretera. La primera parte del viaje transcurrió sin mayor incidencia que la de que el GPS no conocía el nombre de su destino. Fue entonces cuando comprendieron por qué Simón había trazado la ruta a bolígrafo sobre una hoja de papel. Mientras se mantuvieron en las carreteras nacionales y comarcales todo fue fácil y sin contratiempos, pero, una vez salieron de estas, el trayecto comenzó a complicarse y el croquis de Simón resultó ser una ayuda imprescindible. Los pueblos se fueron sucediendo uno tras otro tal y como aparecía descrito en el plano, pero, a medida que avanzaban, la ausencia absoluta de señalización de su destino empezó a inquietarles de verdad.

Con el transcurrir de los kilómetros y el ascenso en altitud, las carreteras comenzaron a hacerse cada vez más estrechas y retorcidas, y los cerros cada vez más altos y afilados. Al final, la vía acabó por internarse en un oscuro valle de escarpadas laderas y peligrosos peñascos que amenazaban con caer pendiente abajo con cada curva. Luego dejaron atrás poco a poco los últimos pueblos hasta encontrarse en una solitaria carretera mal asfaltada. El único indicio de vida humana en los siguientes kilómetros fue el repiqueteo del cencerro de las escasas vacas que los observaban pasar con el pasto aún verde en la boca.

Aunque Sofía comenzaba a arrepentirse de haber insistido en aceptar aquel trabajo, Samuel estaba muy agradecido por aquella soledad y por no haberse cruzado con ningún otro vehículo en aquella etapa del viaje. No estaba nada seguro de que dos coches pudiesen caber en los escasos metros del firme de la carretera.

Cuando el día ya declinaba y la fatiga comenzaba a hacer mella en todos ellos, llegaron por fin al lugar señalado en el mapa como su destino. Sin embargo, una vez estuvieron a la altura de la vieja y oxidada señal que anunciaba la entrada del pueblo, descubrieron para su gran consternación que este no se llamaba San Cipriano del Valle, sino Vegatejedo. No podía ser… ¡O el plano estaba inacabado o ellos se habían equivocado de ruta muchos kilómetros atrás!

Samuel maldijo entre dientes, diciéndose a sí mismo que tenía razón desde el principio sobre aquella disparatada idea de irse a vivir a aquel recóndito lugar.

Fuese como fuese, ya no podían dar marcha atrás y no tenían más remedio que, o bien encontrar el camino hacia San Cipriano, o un sitio para dormir en el que parecía el lugar más aislado y alejado del mundo, más aún de lo que podían haber imaginado cuando aceptaron ir. Un lugar anclado en el tiempo que parecía no haber evolucionado en décadas.

La aldea, pues no podía llamarse pueblo, estaba recorrida de norte a sur por una única calle; la misma en la que desembocaba la carretera y que perdía poco a poco su asfalto hasta convertirse en una simple pista de tierra.

De entre las edificaciones que flanqueaban a la única vía, algunas estaban abandonadas desde hacía ya tanto tiempo que solo parte de sus muros, cubiertos de espesa vegetación, se mantenían en pie. Las demás eran casas de piedra gris, techo de pizarra negra y planta cuadrada. Sus puertas y ventanas eran pequeñas, de madera y, aunque muy deterioradas, estaban pintadas en gris oscuro. Intercalados entre las casas había unos pocos hórreos sostenidos por sus cuatro pilares y edificados según la arquitectura tradicional de la zona.

Avanzaron despacio por la desierta calle, buscando a quien preguntar, pero no encontraron a nadie. Las puertas y los postigos de las ventanas permanecían cerrados allí por donde pasaban. Parecían adentrarse en un pueblo fantasma. Tan solo la tenue luz que acertaba a escaparse por el hueco que se abría entre las contraventanas de las casas permitía adivinar que el lugar no estaba abandonado.

Por fin, la calle se abrió a su derecha para dar paso a una plaza cuadrada. Era un espacio de reducidas dimensiones, de suelo que mezclaba asfalto y tierra, rodeado de casas y una pequeña ermita de achaparrado campanario de una sola campana que se elevaba sobre la entrada principal. Cuando detuvieron el coche, las farolas se encendieron para derramar su lánguida luz amarilla sobre los muros y la calle de tierra. El día declinaba y las sombras de las montañas del angosto valle se alargaban. Aquello terminó por afianzar el sentimiento de desasosiego, que no había cesado de crecer en ellos desde que entrasen en el pueblo.

Durante un rato, todos permanecieron en el coche en silencio y sin saber qué hacer. Samuel se decidió a salir. Su único deseo era encontrar el camino a San Cipriano y marcharse de allí lo más rápido posible. Ni a él ni a su esposa les seducía la idea de pasar una sola noche en aquel lugar.

Al fondo de la plaza, sentado en un banco, un anciano reposaba la cabeza sobre un bastón de madera. Tenía la mirada perdida en el suelo y parecía ajeno a la presencia de los recién llegados. A falta de ninguna otra persona a quien acudir en busca de ayuda, Samuel se acercó a él con decisión.

—Buenas tardes —dijo.

El hombre, que pareció sorprenderse al escuchar aquella voz, dio un pequeño respingo. Levantó la mirada, recorriendo con ella a Samuel desde los pies hasta la cabeza. Luego permaneció en silencio, observándole como atónito ante el encuentro con aquel desconocido.

—Buenas tardes —repitió Samuel—. Vamos con destino a un pueblo que se llama San Cipriano del Valle. Creemos que no está muy lejos de por aquí y…

—¿San Cipriano, dice? —le interrumpió el viejo con voz aguada y chillona.

—Sí, eso es. ¿Lo conoce entonces?

—¿Que si lo conozco? Todo el mundo lo conoce. ¡Qué vergüenza! ¡A su edad y querer ir a ese lugar de pecado! —le reprochó el viejo.

—¿A mi edad? ¿Pecado? ¿De qué habla? —balbuceó Samuel, muy sorprendido por la reacción del anciano—. Yo… nosotros… mi familia y yo… vamos a ese lugar por un trabajo que…

Ni siquiera tuvo ocasión de terminar la frase, porque el anciano, sin añadir una palabra más, se levantó, no sin gran dificultad, y le dejó allí plantado con la palabra en la boca. Samuel no pudo hacer otra cosa que ver cómo se alejaba calle arriba al tiempo que le escuchaba refunfuñar cosas incomprensibles y lanzar furtivas miradas por encima del hombro.

Desconcertado, se giró hacia el coche para comprobar que todos habían contemplado la escena con la misma incredulidad que él. Se encogió de hombros y recorrió la plaza con la mirada, buscando a alguien más a quien poder preguntar. Sus ojos se detuvieron en el letrero de un bar. A través de las cortinas corridas de la ventana se filtraba algo de luz y, si se prestaba atención, se podían escuchar algunas voces procedentes de su interior, clara señal de que estaba abierto y había gente.

Con paso decidido, se dirigió a la puerta del establecimiento y, sin vacilar, la abrió.

—Buenas tardes —dijo al entrar.

Un gran silencio se hizo en el interior y notó sobre él la pesada mirada de varios pares de ojos.

Había diez personas y una espesa nube de humo de tabaco que flotaba por encima de las cabezas de todos ellos. En dos de las mesas, y bajo la mortecina luz amarilla de una vieja lámpara llena de polvo, ocho hombres jugaban dos timbas distintas de cartas. En la barra, frente al único camarero, otro hombre apoyaba el codo, sosteniendo con esa mano un deteriorado vaso lleno de vino.

Todos ellos habían interrumpido lo que estaban haciendo para mirarlo.

Tras una breve pausa, debido a la sorpresa, Samuel avanzó, seguido por la mirada de los parroquianos, hasta alcanzar la barra. Acercó su cara a la del camarero y preguntó en voz no muy elevada y un poco temblorosa:

—Ho… Hola. Muy buenas. Verá, estoy de viaje con mi familia y necesito unas indicaciones.

—Pues desde aquí creo que no podrá ir a muchos sitios, amigo. Ha llegado usted al final del camino —rio el camarero con grandes carcajadas, a las que le siguieron las de los otros hombres.

Ignorando las risas, Samuel elevó la voz por encima de estas y añadió:

—Nos dirigimos a San Cipriano del Valle.

En ese instante las risas cesaron de golpe, se hizo un silencio aterrador y Samuel sintió que algo no iba bien. Si al entrar en el bar no había tardado en comprender que aquella gente no estaba acostumbrada a ver extraños en su aldea, la tensión que ahora notaba en el ambiente era debida a otra cosa. No muy seguro de lo que podía ser y bastante incómodo, repitió la pregunta con timidez:

—Vamos… vamos a San Cipriano del Valle. ¿Podrían indicarme cómo llegar? —dijo casi en un susurro, como si esta vez tuviese miedo a hacerse oír.

No hubo respuesta y, durante algunos minutos que a Samuel le parecieron horas, él y el camarero se sostuvieron la mirada sin decir ni una palabra. No sabía si desviarla o mantenerla. De hecho, no sabía qué hacer. Lo único que tenía claro era que aquel pesado silencio le confirmaba que algo iba mal. Era como si San Cipriano fuese un lugar maldito o prohibido. Ahora estaba seguro de que no se habían equivocado de camino y de que el mapa era correcto. De hecho, empezaba a pensar que deberían haber intentado seguir por su cuenta. Arriesgarse, en vez de haber entrado en aquel oscuro bar de pueblo, de lo que ya comenzaba a arrepentirse. Pero ahora ya era tarde. Ya estaba dentro y había preguntado por su destino.

Como nadie parecía tener la intención de responder y algunos parroquianos comenzaban a levantarse de sus sillas y a avanzar en dirección a donde él se encontraba, Samuel decidió que aquel era el momento de irse de allí. Retrocedió y, al tiempo que se daba la vuelta, dijo con el tono más normal que pudo arrancar de su garganta:

—Bueno… pues… como parece que no saben… no se preocupen, que ya nos las arreglaremos, ¿eh? —Forzó una sonrisa, tragó saliva y añadió, al tiempo que aceleraba el paso—. Ya saben, con el GPS y tal… seguro que no es muy difícil.

Y ya casi cuando estaba llegando a la puerta y alargando la mano para asir el pomo, una voz en su espalda dijo:

—¿San Cipriano, ha dicho? ¿Por qué va usted allí?

Entonces, Samuel se detuvo pensando, por un instante, que había sido un tonto al reaccionar así. Que aquellas personas, aunque tal vez un poco hurañas, quizá no tuviesen ninguna mala intención. Pero, cuando se iba a dar la vuelta para responder, vio por el rabillo del ojo cómo uno de los hombres se deslizaba pegado a la pared desde uno de los oscuros rincones hacia la puerta, como intentando cortarle la salida.

—¿Dónde ha oído usted hablar de ese lugar? —preguntó otra voz diferente a la del camarero. Sin embargo, no sonaba como una pregunta, sino como una amenaza.

El breve instante de sosiego que había tenido se pasó de golpe. Ahora a Samuel ya no le quedaba duda alguna de que la sola mención del nombre de aquel pueblo era una especie de tabú para aquellas gentes. Una especie de lugar maldito. Lo conocían, eso ya estaba claro, pero parecía ser un secreto que nadie ajeno a aquellas montañas debiese saber. Se preguntó, por un momento, si había sido ya advertido de aquello. Si alguien le había dicho que no debía hablar a nadie de su destino. Pero no lo recordaba. Tenía la sensación de haber sido engañado y abandonado a su suerte.

Sea como fuese, aquellas personas parecían no querer dejarlo escapar con el secreto que las montañas guardaban. Cuando regresó al mundo real, tras abandonar el hilo de los rápidos pensamientos que invadieron su mente, pudo comprobar con alarma cómo el hombre que avanzaba pegado a la pared ya estaba muy cerca de él. Entonces comprendió que tenía que reaccionar con rapidez antes de que se aproximase más y le bloquease la salida.

Volvió a aproximar la mano al pomo, pero, cuando ya casi lo rozaba con la punta de los dedos, la puerta se abrió de golpe y al otro lado emergió una figura.

Se trataba de un hombre joven, de unos treinta años, alto y bien parecido, de complexión atlética, tez curtida y unos grandes ojos negros. Tenía una densa cabellera negra que peinaba con raya a la izquierda, un bigote corto y bien recortado y unas gafas de pasta. Vestía un chaleco guateado sobre una camisa de cuadros y pantalón de pana.

Se miraron a los ojos.

«¡Atrapado! ¡Estoy atrapado!», pensó. Su mente empezó a trabajar más rápido de lo que nunca lo hubiera hecho antes y sus nerviosos ojos buscaron otra salida. Pero en la desesperación nada lograba encontrar.

—¿Es usted Samuel Valverde? —dijo de repente el extraño.

Aquello le descolocó por completo. Del pánico pasó a la confusión. ¿Quién era aquel hombre que conocía su nombre? Samuel observó con detenimiento al recién llegado. ¿Era posible que ya se hubiesen visto antes? Si así era no lo recordaba.

Sin saber qué hacer, volvió a observar la situación alrededor suyo. Los hombres que antes parecían querer impedirle salir de allí se habían congelado en el sitio. Estos los miraban en silencio, pero ninguno se movía.

Samuel volvió a dirigir la mirada al extraño que le bloqueaba la salida, terriblemente confundido. Este pareció comprender lo que Samuel pensaba y sonrió.

—Sin duda usted debe ser Samuel Valverde. Le esperaba. —Miró a los parroquianos del bar y luego al hombre que tenía enfrente—. Tal vez quiera acompañarme fuera para que le explique algunas cosas. Creo que estaremos más tranquilos lejos de aquí.

Le guiñó un ojo y se echó a un lado, invitándole a salir. Samuel no lo dudó un instante y saltó con la agilidad de un gato al exterior, donde, aliviado, tomó una gran bocanada de aire. Luego sintió cómo el hombre posaba el brazo en su hombro para calmarle un poco, al tiempo que le invitaba a caminar juntos.

—Creo que he llegado en el momento justo para sacarle de ahí, ¿eh? —dijo el desconocido mientras avanzaban en dirección al coche, donde su familia esperaba—. Este lugar está un poco aislado y debe comprender que la gente por aquí es un poco… desconfiada y supersticiosa, por decirlo de alguna forma.

—¡Pensaba que iban a secuestrarme, o algo así, y solo por haber dicho que íbamos a San Cipriano! —exclamó Samuel, sintiendo un escalofrío al recordar lo que acababa de pasar.

Y entonces, al pronunciar de nuevo aquel nombre, comenzó a sentir el desasosiego que lo había invadido minutos antes en el bar. Miró al hombre que lo acompañaba temiendo el mismo tipo de reacción, pero pronto se le pasó el malestar al escuchar la estridente carcajada con la que este respondió a su mirada.

—Esta gente tiene pánico a aquel lugar. Pero no se preocupe, son inofensivos. Aunque ladran mucho, no muerden —rio—. Me presento: mi nombre es Enrique González y seré su chófer y guía en Los Ancares hasta llegar a su destino. Y lamento haber tardado tanto en llegar en su «rescate».

—¿Estás bien, cariño? —escuchó decir a Sofía en aquel instante.

Samuel afirmó con la cabeza, sin saber qué decir y aún pálido. Luego se giró hacia quien se había presentado como Enrique, como dándose cuenta de una cosa, y exclamó confuso:

—¿Ha dicho que es nuestro chófer?

—¿Tenemos un chófer? —preguntó a su vez Sofía muy sorprendida.

—¿Nadie se lo ha dicho? —repuso el hombre con una mueca de diversión en la cara—. A partir de aquí ya no hay carretera ni camino por el que puedan transitar vehículos como el suyo. Solo se puede llegar a San Cipriano en un cuatro por cuatro. El mío, para ser más exactos. Por eso dije que a partir de ahora yo seré su chófer y guía.

—Pero… ¿y qué haremos con nuestro coche? —preguntó Samuel inquieto.

—No deben preocuparse por eso. Está todo previsto. Yo mismo lo guardaré en un pequeño aparcamiento construido al efecto. Junto al resto de los vehículos.

—¿El resto de los vehículos?

—Mmm… Creo que tengo mucho que explicarles. Pero antes cambiemos las maletas de coche, que se nos va a echar la noche encima y no es recomendable hacer el camino en la oscuridad.


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El libro del búho de Diego Pérez Martínez

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