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Capítulo 3 – La oferta

(El presente)


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Como cada año, la familia Ramos al completo se reunía el día 24 de diciembre en la casa de los abuelos, Antonio Ramos y su esposa Luisa, quienes contaban ya con unas bien ganadas setenta primaveras.

El nada habitual tamaño de la familia hacía que la reunión necesitase de una gran logística de compras que terminaba por generar un alocado día de tiendas, limpieza y cocina que comenzaba la jornada precedente. Pese a toda la planificación que se imponía cada año, la cena de Navidad era de todo menos tranquila. Tantas bocas se reunían a comer que había que vaciar el salón de muebles y colocar mesas supletorias. Luego, durante la cena, tal era el griterío que se elevaba que se hacía imposible hacerse oír entre ambos extremos, lo que obligaba a que los comensales se levantasen cada dos por tres, haciendo de la pieza un caótico ir y venir de gente.

Se reunían nada menos que veintiséis personas: los dos abuelos, sus siete hijas y sus seis parejas y once nietos. Un verdadero clan familiar muy extraño por su número en estos tiempos. Antonio solía decir que Dios le había maldecido con ocho mujeres y ningún varón. Luisa, su paciente esposa, le recordaba en cada ocasión lo feliz que en realidad era con lo que Dios lo había bendecido.

Aquel año, al igual que los dos precedentes, el tema principal de la conversación de los adultos fue la terrible crisis económica que sacudía el país y el mundo entero. Los Ramos no habían sido una excepción y la mitad de ellos estaban en paro. De todos, la familia Valverde Ramos era la más tocada por aquella desgracia: los dos progenitores, Samuel Valverde y Sofía Ramos, se encontraban sin trabajo desde hacía casi dos años y las ayudas del Estado apenas daban para pagar la hipoteca y la comida. Eran sus familias respectivas las que les ayudaban a mantenerse a flote, pero incluso así estaban al límite.

—Yo os agradezco en el alma vuestra generosidad —les decía Samuel—, pero no podemos seguir así. Es difícil para nosotros, pero también para vosotros.

—Samuel, no le des más vueltas. La familia está para eso y lo que haga falta —respondió una de las hermanas de su mujer—. Aguantaremos el chaparrón como hemos hecho hasta ahora. Hasta que vuelvan tiempos mejores.

—Lo que Sam quiere decir —intervino su mujer, Sofía— es que hasta vosotros lo estáis pasando mal y en parte es porque nos ayudáis demasiado. Y eso no puede seguir así por mucho tiempo. Os lo agradecemos de corazón, pero tiene que haber otra solución.

—Como no ocurra un milagro… —respondió otra de las hermanas—. Porque lo que es trabajo, no hay…

—Justo, el otro día… —intervino desde su sillón en la cabecera de la mesa el patriarca familiar. Escuchaba en silencio la cercana conversación y había encontrado el momento de decir aquello que tenía en la cabeza desde hacía un rato—. El otro día un amigo mío, Simón, me habló de un empleo que podría estar bien para ti, Samuel.

—¿Un trabajo? —exclamaron Sofía y Samuel al tiempo, un poco alterados por las esperanzas que parecían surgir de boca del padre de ella.

—Papá —añadió Sofía una vez se hubo repuesto de la sorpresa—, ¡pero eso es genial! ¿Cómo no nos lo has dicho antes?

—Bah, yo qué sé… Pensaba decíroslo después de la cena para dejaros disfrutar… para que no pensaseis en estas cosas mientras estuviéramos a la mesa. Pero como ha salido el tema ahora, pues me he dicho que…

—Cuéntanos, ¿en qué consiste? —le urgió su hija.

—Bueno, he dicho que es para Samuel, porque es lo que más correcto me parece. Me vais a llamar machista y esas cosas que decís hoy en día, pero es que yo creo que tú, Sofía, no… Eres mi hija y sabes que estoy muy orgulloso de ti, pero yo pienso que un hombre sería más adecuado…

—Papá, te quiero mucho, pero… no te enrolles y dinos de qué se trata.

—Bueno… Voy al grano. El trabajo es de pastor.

—¿De pastor, has dicho? —exclamó Samuel—. Pero, vamos a ver, Antonio. Yo no sé nada de pastoreo y tu hija, salvo que haya algo que no me ha contado, tampoco.

—Hombre, ya se lo he dicho yo a Simón, pero como él ha insistido tanto… pues he pensado: a caballo regalado no le mires el diente.

—Sí, papá —intervino Sofía—, y te lo agradecemos un montón, pero no sabríamos ni por dónde empezar. Seguro que tu amigo se arrepentiría rápido de habernos contratado.

—Ha sido él quien, al hablarle de vuestra situación, me lo ha propuesto. Además, me ha dicho que al principio tendréis a alguien que os ayudará a aprender el oficio.

—Pero… ¿Quién es ese amigo tan amable? Has dicho que se llama Simón, ¿no? No me suena que lo hubieses mencionado antes. ¿Le conozco? —preguntó Sofía muy sorprendida ante todo lo que oía.

—No… no creo. Es un amigo de la juventud. Hacía mucho tiempo que no le veía. De hecho, pensaba que quizás ya habría fallecido. A mi edad ya se sabe, la muerte puede llegar en cualquier momento. Estaba pensado que tal vez deberíamos mirar lo de…

—Papá…

—Sí, sí. Lo sé. Que me enrollo. Bueno… lo que quería decir es que ha sido toda una casualidad que nos cruzásemos. Él no vive por aquí. Tan solo estaba de paso por la ciudad.

—Y también por casualidad tenía un trabajo para nosotros, ¿no? Un poco raro, ¿no te parece, Antonio?… —dijo Samuel con una irónica mueca. Sofía, al escucharlo, reaccionó con un rápido codazo en el costado a su marido—. ¡Auh! ¿Qué he hecho?

Sofía resopló de desesperación ante el poco tacto de su querido esposo.

—Papá, no dudamos ni de ti, ni de tu amigo —dijo—. Pero vamos a necesitar que nos expliques un poco más. Dónde es, en qué consiste…

—Pues, si he entendido bien, vive en un pueblecito. Compró una casa y unas ovejas para tener una jubilación en el campo. Pero tiene no sé qué problema en no sé dónde (no ha querido decirme) y va a tener que ausentarse del pueblo durante un tiempo. Simón está muy atado a aquel lugar y a sus animales, así que necesita que alguien cuide de la casa y las ovejas para evitar tener que venderlos. De momento un vecino lo cuida todo, pero es solo temporal. A vosotros os dejaría la casa para que vivieseis en ella y os daría un poco de dinero a cambio del pastoreo y cuidado de los animales. No sería mucho, pero como no quiere declararlo no dejaríais de cobrar el subsidio.

—Ya veo. Y ¿dónde sería? —preguntó Sofía intrigada.

—Mmm… me ha dicho que en León… En la montaña de León. No recuerdo el nombre del pueblo, pero me dijo que estaba en la montaña. En una comarca que se llama… ¿Cómo se llamaba?… Los An… Los Anca…

—¿Los Ancares?

—¡Sí, eso!

—Será una broma, ¿no? —exclamó Samuel abriendo mucho los ojos—. ¡No nos vamos a ir a vivir a la montaña! —Un nuevo codazo chocó con las costillas de Samuel—. ¡Auh! ¿Qué?

—Bueno. Vamos a pensarlo, papá.

—¿Qué vamos a pensar? —exclamó Samuel—. No hay nada que pensar. ¡Yo no pienso ir a vivir a una casa en mitad de la nada!

Ante tan explícita declaración de intenciones, Sofía volvió a bufar al tiempo que pisaba con fuerza el pie de su marido para obligarle a morderse la lengua, mientras una de sus hermanas salía al rescate cambiando el tema de conversación para desviar la atención de aquel asunto y permitir que lo discutieran en privado. Pronto la cosa tomó otros derroteros y no tardó en tornarse en un intenso debate que duró lo que quedaba de cena.

Cuando hubo terminado, la pareja retomó el tema intentando recabar la opinión del resto de la familia y al final no hubo nadie que no la hubiese dado. Estas eran tan variadas que ni Samuel ni Sofía lograron sacar una conclusión válida. Seguían sin saber si debían aceptar e ir a vivir a Los Ancares o seguir buscando empleo allí en la ciudad. Aunque en realidad Sofía era quien tenía más dudas. Para Samuel la cosa estaba bastante clara.

Cuando por fin se fueron a la cama, Sofía, que sentía remordimientos por toda la ayuda que recibían de las dos familias, no podía quitarse la idea de la cabeza. Ella se inclinaba cada vez más por aceptar la oferta.

—Será solo por uno o dos años —insistió después de haber relanzado el tema—. Luego la crisis habrá pasado y podremos volver a la ciudad.

Samuel, menos optimista, repuso:

—¿Un año? Ya me parece mucho…

—Mira, podríamos poner en alquiler el piso de aquí y, con lo que ganásemos, lo poquito que nos dé el amigo de mi padre y el subsidio que seguiremos cobrando podríamos pagar la hipoteca y desahogar a nuestras familias.

Samuel permaneció con la mirada perdida y, por toda respuesta, emitió un gruñido. Luego se dio la vuelta en la cama y concluyó la conversación diciendo:

—Mañana lo hablaremos.

Al día siguiente todos se levantaron temprano para abrir los regalos que esperaban al pie del árbol. Tal y como era de esperar en una familia con once niños, el caos se apoderó de la casa. Cada uno de los pequeños se convirtió en un torbellino que corría y gritaba por todas partes, haciendo peligrar todo lo que encontraba a su paso.

Pese al esfuerzo de los adultos por restaurar la calma y el orden, las cosas continuaron de aquella forma durante un buen rato después de haber terminado de abrir los regalos. Cuando el ambiente se calmó un poco y los niños comenzaron por fin, y para gran alivio de sus padres, a jugar tranquilos, Antonio, el patriarca familiar, se acercó con disimulo a los hijos de Sofía y Samuel.

Juan era el mayor y contaba en aquel momento con diez años. Era un poco más pequeño que la media, pero lo compensaba una gran energía y vivacidad que le permitía jugar de igual a igual con sus primos más mayores. Sus ojos eran grandes y marrones e iban a juego con el pelo castaño, solo un poco ondulado, que coronaba su cabeza.

Laura, en cambio, era una niña de siete años tímida, poco habladora y que seguía a su hermano a todas partes. Era un poco más pequeña que su hermano, lo cual hacía de ella una chica grande para su edad. Tenía unos ojos negros y vivarachos y el pelo liso y del mismo color, el cual solía llevar recogido en una coleta que le caía un poco por encima de los hombros.

—Niños, venid conmigo un momento —les dijo Antonio en voz baja.

Por alguna razón que se les escapaba a sus padres, ambos eran los nietos favoritos del abuelo. Ni a Samuel ni a Sofía les gustaba que Antonio hiciese distinción entre los nietos, pese a ser los suyos los favorecidos, pero no lograban hacer que cambiase de actitud. De modo que a ninguno de los dos le extrañó que solo a ellos les pidiera que le acompañaran.

—Tengo una cosita para vosotros —añadió mientras avanzaban a lo largo del pasillo de camino a su habitación.

Una vez hubieron entrado, el hombre abrió el armario que había junto a la puerta y sacó dos paquetes. Cuando Juan vio el tamaño del suyo, lo agarró con tanta fuerza que casi se lo arranca a su abuelo de las manos antes de que tuviese tiempo de soltarlo. Luego, y con la misma energía, hizo añicos el papel que lo envolvía. Laura, más tímida y retraída, se acercó con curiosidad al pequeñito envoltorio que su abuelo guardaba en la otra mano.

La alegría de Juan no tardó en transformarse en desconcierto al descubrir que lo que el papel de regalo escondía no era más que un pesado, viejo y desgastado libro. Uno grande de tapas de piel marrón, con esquinas metálicas y cerrojo dorado con una diminuta llave metida en él. Sobre el cuero exterior había grabada una serie de quince estrellas estampadas entre dos círculos y en el centro de estos un ave que portaba un libro en el pico. Por último, en la parte inferior derecha, sobre las circunferencias, otra más pequeña se mostraba con las alas extendidas.

—Esto, Juan, es el regalo más valioso que nunca nadie podrá darte —le dijo Antonio al ver su cara de frustración.

—Pero… es solo un libro viejo —replicó el niño mientras le daba vueltas en las manos y trataba de ver si no era una broma.

Su abuelo sonrió.

—No, no es «solo» un libro. Es un libro muy especial que va a ayudarte en el futuro, pues a muchos ha servido antes que a ti y a todos les ha salvado de incontables peligros. En él encontrarás las respuestas a las preguntas y los enigmas para los que de otra forma no tengas respuesta.

—¿Como las preguntas de los exámenes?

—No, no como en un examen —rio divertido por la ocurrencia de su nieto—. Otro tipo de preguntas. Acertijos y enigmas, más bien… Algo… más profundo e intelectual.

Juan echó una rápida ojeada a las amarillentas páginas de la obra, pero pronto perdió interés, dejó el libro encima de la cama y se acercó a su hermana, que aún estaba abriendo con sumo cuidado su regalo para no dañar el papel con el que su querido abuelo lo había envuelto.

—¿Qué te ha regalado a ti? —le preguntó.

Laura no contestó, pues estaba tan concentrada en su tarea que no le prestó atención.

Aquel cuidado con el que trataba todo desesperaba a Juan. Tuvo que contenerse para no arrancar el paquete de las manos de su hermana y abrirlo él mismo.

Cuando por fin hubo liberado el regalo del envoltorio, un pequeño objeto de cristal de roca pulido iluminó la cara de la niña. Este tenía grabado en su interior, gracias a alguna técnica imposible de imaginar, unos símbolos que brillaban como si tuvieran luz propia, irradiando todos los colores del arcoíris. De una cadenita plateada colgaba una serpiente de plata que se enroscaba alrededor de la piedra en la que esta había sido engastada.

—¡Guau! ¿Qué es, abu? —exclamó la niña asombrada por la fascinante belleza del objeto.

—Es una especie de amuleto. Este colgante, mi pequeña Laura, te protegerá en los momentos más oscuros de tu vida —le dijo.

Luego tomó el libro que Juan había abandonado sobre la cama y, señalando el grabado que decoraba el cuero de la tapa y las letras del colgante, añadió:

—Estos símbolos que veis en cada uno de vuestros regalos son de una gran importancia y no debéis olvidarlos. Observadlos bien y memorizad cada uno el vuestro. Juan ¿qué es lo que ves en tu libro?

—No sé… Parece un búho, o algo así, y… un pájaro más pequeño —dijo, acariciando el grabado con la punta de los dedos.

—El pequeño pájaro es un cuervo y, efectivamente, el grande es un búho. Es este último el que le da nombre a tu regalo: desde su primera redacción se le conoce como el Libro del Búho. Aunque hay quien, haciendo alusión a las dos aves que lo decoran, han preferido llamarlo el Libro de los Pájaros.



—¿Es un libro de pájaros?

Su abuelo volvió a sonreír ante la nueva ocurrencia del chico.

—No, no es un libro de pájaros. Es un libro de respuestas. Por eso el búho lo decora, porque es el símbolo de la sabiduría. Si alguna vez te ves bloqueado en tu camino, pregunta al libro.

Juan observó intrigado el tomo sin llegar a comprender el verdadero significado de las crípticas palabras de su abuelo.

Luego, Antonio se giró hacia Laura y preguntó:

—Y tú, cariño, ¿qué es lo que ves en el cristal?

—No sé —respondió, encogiéndose de hombros.

—Inténtalo, cariño.

La niña frunció el ceño esforzándose en la reflexión.

—Hay unos dibujos dentro de la piedra.

—Muy bien. La piedra es un tipo de cuarzo que se llama cristal de roca y esos «dibujos», como tú los llamas, son en realidad letras griegas. ¿Puedes leerlas?

Laura volvió a fruncir el ceño.

—La primera es una «O» con una «I» en el medio… La segunda es una uve doble… y la última una ce… —dijo sin esconder un poco de orgullo por sentir que había logrado responder a su abuelo de la manera correcta.

—Eso es. Lo has hecho muy bien y casi aciertas. Pero en griego esas letras tienen nombres diferentes. La primera se llama fi, la segunda omega y la tercera sigma, y todo junto forma una palabra en ese idioma que se pronuncia «fos».

Φως

—¿Y qué significa? —preguntó la pequeña.

—Luz. Aunque también podía significar «rayo» o «día». Estas letras, grabadas en el interior de la piedra, hacen de ella un talismán muy eficaz. Es el símbolo de la luz, pero es en su ausencia cuando este se vuelve más poderoso. Si alguna vez te ves sumergida en la oscuridad y sientes miedo, concéntrate y piensa con fuerza en este símbolo y luego grítalo, ¿vale?

Laura asintió con la cabeza.

Justo en ese instante entraba Sofía en la habitación.

—Ah, estáis aquí. ¿Qué hacéis?

—Mira, mamá —dijo su hija—. El abuelo me ha regalado un colgante.

—Es muy bonito —le respondió, observándolo de cerca y dirigiendo luego una severa mirada a su padre. Este se limitó a encogerse de hombros en silencio como si nada malo hubiese hecho—. ¿Y tú, Juan?

—Un libro —se limitó a responder, a la vez que extendía hacia ella el grueso tomo sin demasiado entusiasmo.

—¿Qué libro es este, papá? —preguntó Sofía muy sorprendida.

—Un viejo libro que tenía guardado.

—Nunca lo había visto. Parece muy… antiguo ¿Estás seguro de querer dárselo a Juan? No me parece un regalo para un… niño.

—¡Absolutamente seguro! —se ofendió el anciano.

—Bueno, bueno… —dijo Sofía—. Juan, ten mucho cuidado con él, ¿eh? Parece un libro muy delicado y seguro que es muy importante para el abuelo. No lo quiero ver por el suelo, ni tirado por ningún sitio.

—Que sí, que vale… —protestó el chico, intentando hacer ver a su madre que era más responsable de lo que esta creía ver en su hijo.

—¿Le habéis dado las gracias al abuelo?

Ambos niños dieron un beso en cada mejilla a Antonio y este les correspondió con un fuerte y cariñoso abrazo.

Luego, los cuatro volvieron al salón con todos los demás.

El resto del día pasó con normalidad y nadie volvió a hablar de la oferta que Antonio había hecho a su hija y a su yerno.

Sin embargo, en cuanto subieron al coche de regreso a casa, el tema de la oferta de trabajo volvió a salir, pero de nuevo Samuel paró la discusión y reportó la decisión final para otro momento.

La víspera de Reyes, como era costumbre, fueron a la casa de los Valverde, los padres de Samuel.

La cena que estos organizaban cada año no tenía nada que desmerecer a la de los Ramos. Casualidad o no, Samuel tenía seis hermanos, todos varones, justo al revés que Sofía. Concepción, la madre de Samuel, estaba encantada con tanto hombre. No paraba, cada vez que se reunían, de enumerar las numerosas virtudes de tener tantos varones en casa.

E, igual que en casa de los Ramos, el salón pronto se convirtió en la ruidosa sala de discusión del enorme clan familiar, donde todo el mundo gritaba y se movía de un lado para otro para hacerse entender en las conversaciones.

Como no podía ser de otro modo, el tema de la oferta de trabajo en las montañas leonesas salió a colación y todos los adultos terminaron por participar y opinar al respecto. Aunque hubo voces en los dos sentidos, a favor y en contra, Concepción fue clara y categórica:

—Debes aceptar ese trabajo.

—Pero, mamá… —intentó protestar Samuel.

—Ni un pero. Acepta el trabajo. Tal y como están las cosas, quizá no vuelva a surgir otra oportunidad como esta. Y tus hermanos ya están haciendo un gran esfuerzo como para que andes con remilgos a la hora de aceptar un trabajo. Llama mañana a Antonio o lo haré yo.

—¿Mañana?

—Mañana.

Y, como cada vez que Concepción se expresaba con tanta firmeza, la discusión terminó allí. Samuel asintió con la cabeza y la conversación de la mesa derivó hacia otros derroteros: vinos, comida, economía, el nuevo y extravagante vestido de la tía Ana…



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O puedes seguir leyendo en la siguiente entrada:

Capítulo 4 de El libro del búho =>

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