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  • mogwayk

Capítulo 2 – Cuatro amigos y un extraño

(Algunos años antes del tiempo presente)


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Los cuatro disfrutaban del buen tiempo del estío. Las temperaturas comenzaban a subir poco a poco, y el sol brillaba con intensidad bajo un precioso e impecable cielo azul por el que, tan solo de vez en cuando, alguna tímida nube se atrevía a pasear su rechoncha figura. Era un placer magnífico. El invierno parecía lejos y las nieves ya se habían fundido por completo, llenando bosques y prados con el verdor de la primavera y los blancos, amarillos y morados de las flores que se abrían una a una al son de la subida de temperaturas.

El viento arrastraba toda una nueva gama de aromas de la montaña; fragancias de castaños y abedules mezcladas con las de tejos, pinos y pequeñas flores que comenzaban a asomar sus coloridos pétalos en los extremos de los capullos. Las abejas, ya ansiosas, recorrían los campos y revoloteaban con especial insistencia alrededor de las que aún estaban abriéndose, como si con ello pretendiesen acelerar su floración.

Un poco más arriba, los neveros resistían en algunos riscos y su lento fundir colmaba el curso único de agua que cortaba en dos el valle. Las aguas rugían con fuerza en su descenso de primavera hacia las tierras bajas, liberando al ambiente un poco de humedad que hacía el suave calor del sol aún más agradable.

Y allí, bajo los dulces rayos del astro rey, entre las ruinas de uno de los muchos pueblos de montaña víctimas del despoblamiento, se habían reunido cuatro amigos. ¿La razón? El extraño que ahora se paseaba entre ellas: un hombre alto, delgado y de cabello y barba blancos bien cortados.

Portaba un sombrero de ala corta, más propio de otra época que de esta, y, apoyado sobre un largo bastón de madera tallado con motivos naturales, se paseaba entre los restos de lo que en otro tiempo fue uno de los lugares más pobres del mundo rural de la posguerra española. Su paso descuidado indicaba a las claras que los ojos que lo seguían le eran por completo ajenos.

—¿Cuánto hacía que no veíamos un hombre? —preguntó el cuervo.

—No lo sé —respondió despreocupado el gato, con la atención puesta en el cuidado del pelaje de sus patas delanteras, que lamía con insistencia—. ¿Un siglo?

—¡No digas burradas! —repuso el raposo—. No hace tanto que los humanos se marcharon de aquí.

—Perdona si no cuento cada segundo de mi vida sin esos ruidosos de dos patas —respondió el felino un poco molesto.

—Yo creo que al último se lo llevaron hace unos veinte o veinticinco años —intervino la ardilla—. Me caía bien. ¿Cómo se llamaba?

—A quién le importa cómo se llamaba —volvió a exclamar el gato—. Fue una bendición para nosotros que todos se fueran. El valle nunca estuvo más tranquilo.

—Tampoco fue para tanto. Algunos eran buenas personas —repuso el cuervo.

—Y había muchas cosas sabrosas que robarles —añadió el zorro, relamiéndose.

—Siempre pensando en comer… —le reprochó la ardilla con sorna—. Parece que solo pienses en eso.

—Dijo el comenueces… —se burló el raposo.

—¿Qué pasa con mis nueces? —preguntó la pequeña ardilla, molesta.

—Siempre buscando nueces por todas partes. ¡Pareces una adicta!

—De hecho, siempre lleva los mofletes llenos —intervino el gato, añadiendo leña al fuego de la discusión, al tiempo que se esforzaba en no reír.

—Se trata de reservas. No las como todas. Siempre hay que prever —se defendió la ardilla—. Además, las nueces son sanas y energéticas. No como tus gallinas —dijo mirando al zorro.

—Qué dices… —se ofendió el raposo—. Que sepas que una gallina tiene…

El zorro no alcanzó a terminar la frase porque una quinta voz irrumpió de repente en la conversación.

—Vaya, vaya, vaya… Mira lo que tenemos aquí. Cuatro amigos discutiendo al sol.

Tan concentrados estaban en su conversación, que ni tan siquiera vieron u oyeron acercarse al desconocido de barba blanca que observaba al grupo a corta distancia. Aquella repentina presencia hizo que el cuervo echase el vuelo, la ardilla saltase al árbol más próximo para perderse entre sus ramas y que el zorro se lanzase a la carrera en dirección al bosque.

Solo el gato permaneció donde estaba, inmóvil por la sorpresa y la rápida reacción de sus amigos. Miró alrededor y les maldijo en silencio.

—¡Ja, ja, ja! —rio el extraño—. Te has quedado solo, amigo.

El gato lo miró un instante y, mostrándose como si no le diese ninguna importancia a aquella desagradable situación, volvió a la tarea del cuidado de su pelaje.

—Es magnífico este lugar —continuó el hombre, haciendo caso omiso de la pasividad del animal—. Precioso, aislado, lleno de historia y… Bueno, y muchas otras cosas que, estoy seguro, tú ya sabes. —Guiñó el ojo al felino—. Es el lugar perfecto para comenzar. Para volver a empezar, mejor dicho —remarcó con cuidado—. Para levantar de nuevo Válorix. Una nueva era comienza. Vamos a hacer renacer la gloria del pasado.

Se detuvo y observó al gato, que parecía demasiado ocupado lamiendo su espeso pelaje como para prestarle atención.

—Pero eso, amigo mío, será un secreto entre tú y yo. Aún estamos débiles y los peligros son muchos. Queda un largo camino y no hay que bajar la guardia.

El felino detuvo su aseo y lo observó un instante con curiosidad. El hombre sonrió, le acarició la cabeza y continuó su camino silbando entre dientes.

Cuando el anciano se hubo alejado lo suficiente, el cuervo volvió a posarse junto al gato.

—¿Qué ha dicho? —le preguntó.

—Que esto se va a volver a llenar de ruidosos humanos.


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O puedes seguir leyendo en la siguiente entrada:

Capítulo 3 de El libro del búho =>

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