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  • mogwayk

Capítulo 1 – ¡Ya llegan!

(Año 1483)


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Un rayo partió el cielo e iluminó con un destello el rostro del hombre. La fuerte lluvia azotaba su tez pálida. El alborotado pelo rubio que le caía sobre el rostro redondo, de mejillas sonrojadas, y las prendas a medio vestir delataban que había salido de la cama a toda prisa. Parecía que en la urgencia del momento hubiese olvidado hasta la capa, y ahora tanto su jubón como sus calzas chorreaban agua.

Giró la cabeza y escuchó con horror el lejano tañido de una campana, ahogado por la tormenta. Aquel rítmico repique parecía atenazarle el corazón cada vez con más fuerza, como si confirmase el terrible presentimiento que le había arrancado del sueño. Nervioso, se mordió el labio inferior, apretó contra el pecho la caja que llevaba entre los brazos. Luego, miró hacia un lado y otro de la solitaria calle para asegurarse de que ningún peligro acechaba, se llenó los pulmones de aquel aire frío, cargado de un fuerte olor a tierra húmeda, y echó a correr como si el Diablo mismo lo persiguiese.

De pronto, una oscura forma le salió al paso y obligó a detenerse. Observó la silueta del desconocido, intentando discernir si era amigo o enemigo.

—¿Qué es lo que ocurre? —dijo la voz grave y profunda del que bloqueaba el camino.

Un nuevo rayo cruzó el cielo y dibujó su figura al contraluz. Era un hombre alto, delgado, de rostro alargado, ojos oscuros, grandes y caídos, y cabello canoso, tanto en su larga barba como en los mechones que asomaban bajo la capucha de la capa.

Al ver el rostro del otro iluminado por el fogonazo, aquel que huía lo reconoció al instante y con gran alivio exclamó:

—¡Gran maestre!

—Sí, Sancho, soy yo. ¿Qué es lo que ocurre? ¿A dónde os dirigís corriendo de esa manera?

—¡Ya llegan, gran maestre! ¡Ya llegan! Lo he podido ver… —pronunció aquellas últimas palabras como si fuese su palpitante corazón quien lo hiciese.

—¿De qué habláis? ¿Por qué corríais? ¿Acaso sabéis por qué han sonado las campanas?

Pese a la evidente necesidad de respuestas que mostraba, ninguna obtuvo de su interlocutor, quien parecía más concentrado en lo que pudiese surgir de las sombras de la noche que por dar explicaciones. Sus labios estaban sellados por el terror.

Desesperado, el gran maestre insistió con renovadas fuerzas:

—¡Decid algo, Sancho! Contadme, ¿qué sabéis? Decís que alguien llega. ¿Quién llega?

Todos en el valle sabían que, si las campanas de la torre en lo alto del risco repicaban de aquella manera, era porque un gran peligro se cernía sobre todos ellos.

—Ella nos dijo que no lo haría… No ha cumplido su promesa… Nos ha mentido… ¡Ya llegan!

—¡Maldición, Sancho! ¿Quién llega? ¿Qué es ese galimatías sin sentido que farfulláis?

—De pronto… me desperté en mitad de la noche, empapado de sudor… Tuve una pesadilla, un sueño… pero no era un sueño… Lo supe… ¡Los vi venir!… No fue un sueño… Era real… —Sancho enfrentó sus ojos a los de su interlocutor, cuidando de pronunciar bien cada palabra, dijo—: Ya llegan, gran maestre.

—Sí, Sancho, eso ya lo habéis dicho. Pero ¿quiénes?

—Corrí al gran salón y cogí el cofre. Hay que ponerlo a salvo…

Entonces, tendió los brazos y le mostró la caja, húmeda por la lluvia, que protegía contra su pecho. El maestre observó con gravedad el arca de madera. Era un cofre simple, sin ningún grabado ni decoración que delatase su contenido o importancia, pero pareció reconocerlo al instante.

Un largo silencio se instaló entre ambos.

Así estuvieron, quietos, uno enfrente del otro, hasta que, de pronto, el relincho de un caballo, no muy lejano, los sacó de su mutismo. Las campanas habían enmudecido y el golpeteo sordo de las gotas sobre los adoquines era ya el único sonido que los acompañaba. El silencio, que ya era el señor de las calles desde mucho antes, se hizo más incisivo que nunca. Una extraña tensión parecía emanar de él.

El urgente tañido de las campanas de la torre debía haber sido escuchado por todos los vecinos y, sin embargo, pese a que sabían que aquella era la señal de alarma, las calles seguían vacías. No era muy difícil imaginar, pues, que estos estarían ahora encerrados en sus casas, atenazados por la incertidumbre o el miedo, esperando a que alguien viniese a decirles lo que ocurría y lo que debían hacer.

Y ahora, a la vez que intentaban escudriñar las tinieblas en dirección al fantasmal relincho, se preguntaban ambos si, en aquel preciso instante, no habría algún osado que, aprovechando la oscuridad de la noche, se estuviese escabullendo con el mayor de los sigilos en dirección a los túneles para escapar de la ciudad.

De pronto, el grito desgarrador de una mujer cortó como un cuchillo la noche y sacó de su letargo a los dos hombres.

—¡Jimena! —exclamó Sancho al escucharlo.

Sabía que aquella voz no era la suya, pero lo que acababan de escuchar le trajo a la mente a la muchacha que ahora llenaba su corazón. De pronto se preguntó dónde estaría y si se encontraría a salvo. Y entonces se sintió culpable por haber intentado salvar aquella pobre caja de madera en vez de a ella.

Tornó el cuerpo en aquella dirección y amagó con echar a correr hacia allí, pero el gran maestre lo retuvo, lo tomó por los hombros y le obligó a mirarlo a la cara.

—Sancho, no sé qué ocurre, pero os conozco y sé que no estaríais en semejante estado si no hubieseis visto que una amenaza terrible está al caer. Vuestra visión os ha empujado a tomar una rápida e instintiva decisión: salvar nuestro tesoro —dijo. Luego hizo una pausa, observó al otro hombre con detenimiento y añadió—: Hicisteis lo correcto. Incluso sin saber qué va a pasar, sé que lo hicisteis y debéis asumirlo hasta el final.

»No olvido el lugar que Jimena ocupa en vuestro corazón, y tal vez os pueda parecer un insensible por deciros esto, pero el tesoro es importante no solo para vos, sino para todos. Los de aquí y los de allí fuera. Para todos los hombres. Si vuestro instinto os condujo hasta el arca antes que hasta ella no es porque ya no la améis, sino porque comprendéis la importancia de nuestro tesoro. De modo que os pido que os dejéis llevar por ese instinto inicial y vengáis conmigo. Debemos ir a un lugar seguro. Allí me explicaréis qué es lo que visteis y juntos tomaremos una decisión sobre lo que se debe hacer. Luego iremos a buscar a Jimena. Os juro por mi honor que haré todo lo que en mi mano esté para ponerla a salvo.

Ambos se miraron con atención a los ojos y aquellas miradas cruzadas parecieron penetrar hasta el fondo de sus almas, buscando escudriñar en lo más profundo de ellas.

—Os necesito para esto, Sancho… ¿Estáis conmigo?

Este endureció la expresión de su rostro, como si quisiera insuflarse valor a sí mismo, y asintió con la cabeza. Al ver aquello, el gran maestre exclamó:

—¡Seguidme pues! ¡Venid!

Con estas palabras resonando aún entre los oscuros muros de aquella urbe montañesa, corrieron calle abajo. Descendieron por las escaleras empedradas que recorrían sus inclinadas callejas excavadas en la piedra. Al llegar al final, giraron a la derecha. El sonido de un torrente de agua les decía que el río, oculto en la oscuridad de la noche, transcurría no muy lejos de sus pies. Se detuvieron a la altura de un amplio edificio de una sola planta. La puerta, de brillante madera barnizada, aparecía custodiada por dos grandes estatuas de piedra negra y aspecto terrible que representaban unas extrañas criaturas medio leones, medio hombres. Aquellos grandes ojos pétreos, desde su fría quietud inerte, parecieron seguir y vigilar con severidad a los recién llegados. Con cada rayo, reflejaban un fulgor tan aterrador que les hacía parecer cobrar vida. Las oscuras figuras nunca causaron la más mínima tranquilidad en el corazón de Sancho, pero en aquella ocasión en particular hicieron que se le erizarse cada pelo del cuerpo.

—Los guardianes —musitó el gran maestre, señalando las esculturas al ver la expresión de la cara de su amigo—. Estas viejas reliquias no son muy bonitas, pero al menos impedirán que nadie pueda atravesar esta puerta sin nuestro permiso.

Aunque las palabras iban destinadas a tranquilizar a Sancho, este, no muy convencido, se limitó a observar las tallas de reojo y con recelo, sin atreverse a acercarse a ellas.

Por su parte, el gran maestre se metía la mano en el bolsillo de la túnica, sacaba una llave de hierro y la introducía en el cerrojo, que emitió un agudo rugido cuando la llave giró en su interior. Con un sordo golpe, la puerta se abrió.

Un frío intenso surgió entonces del interior del inmueble y la negrura que lo habitaba pareció envolverles como si de un manto se tratara. Sancho apretó la caja contra su pecho con más fuerza que nunca. El terror pareció invadirle.

El gran maestre entró en trance, susurró unas palabras y, al instante, una poderosa fuerza pareció succionarles hacia el interior del edificio, al tiempo que, tras ellos, la puerta se cerraba con una fuerza descomunal.

Mientras esto ocurría, la ciudad, antes tranquila y oscura, comenzó a llenarse con las luces de cientos de antorchas que no tardaron en serpentear a lo largo de las calles. A estas le siguieron numerosas voces y gritos que fueron tomando, poco a poco, el lugar del monótono repiqueteo de la lluvia contra los adoquines. El griterío iba en aumento y se extendía más y más. Un gran ejército parecía haberla invadido y sus ciudadanos chillaban aterrados.

Entonces, cuando los pequeños fuegos que se movían por las calles hubieron llegado a cada rincón de la urbe, la puerta flanqueada por las dos negras estatuas volvió a abrirse, pero, en vez de dos, tan solo una figura surgió de ella. Con nerviosismo y precipitación, esta cerró la puerta tras de sí. Luego, secándose una lágrima, miró a ambos lados de la calle y, al ver a tres soldados al fondo, echó a correr en dirección contraria.

Sin embargo, debido a las voces que aquellos lanzaban para que se detuviese, no tardó en aparecer tras una esquina, cortándole el paso, otro hombre armado con una porra de madera. El que huía trató de frenar su carrera al verlo, pero los adoquines mojados lo traicionaron, resbaló y cayó al suelo. El soldado de la porra no perdió el tiempo, se lanzó sobre él para inmovilizarlo y los otros tres no tardaron en llegar para ayudarlo. Algunos segundos más tarde, el fugitivo tenía encima un soldado que tiraba de uno de sus brazos hacia atrás y el pie de otro sobre una mejilla, aplastándole la cara contra el húmedo empedrado.

Le ataron las manos a la espalda, tiraron de él para que se pusiese en pie y lo obligaron a avanzar calle arriba hasta el lugar en el que un jinete de noble linaje, vestido con ricas ropas, aunque sucias por el viaje, observaba, estático, el vejatorio trato que otros hombres armados daban a los prisioneros allí reunidos.

—Torquemada… —susurró el gran maestre cuando vio al hombre montado a caballo.

—¡Vos! —exclamó el jinete al reconocerle. Una sonrisa recorrió sus labios y exclamó—. ¡Los cazadores han dado con la pieza mayor!

—Debí sospechar que solo vos podíais estar detrás de esto. ¿Conoce acaso la reina los viles planes que os han traído hasta aquí?

—¡Calla, pecador! El diablo mueve tu lengua —exclamó el inquisidor general con voz atronadora. Luego, desde la altivez de su posición, volvió a sonreír, movido sin duda por algún oscuro pensamiento que lo llenó de regocijo, y añadió—: aunque no lo harás por mucho tiempo. Tú y los tuyos arderéis pronto en la hoguera. Pero mientras eso llega… —interrumpió su frase para dirigirse hacia los soldados que le habían conducido hasta allí y decirles—: Excelente trabajo. Este es el hombre que buscaba. Seréis bien recompensados por su captura si me decís dónde lo encontrasteis y qué hacía en ese preciso instante.


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O puedes seguir leyendo en la siguiente entrada:

Capítulo 2 de El libro del búho =>

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